La dejaron frente al cementerio de los Evangélicos, bajo un árbol, en un punto de la vía que las diferentes bandas criminales convirtieron desde hace rato en su macabro botadero de cadáveres. A diferencia del resto de casos, a Mónica Berenice Blanco, de 47 años, no la arrojaron muerta desde una camioneta. La bajaron con vida del vehículo y le pegaron seis tiros en ese lugar, a tan solo cinco minutos del casco urbano de Corinto.
Eran las 7:45 de la noche del pasado 23 de mayo. Una patrulla móvil del Ejército escuchó los disparos y enseguida montó un operativo para descubrir su procedencia. Salió a la carretera y a los pocos minutos, un motorista informó que había visto un bulto grande frente al camposanto. Media hora más tarde, la funeraria local conducía el cuerpo sin vida de la mujer al pueblo.
Mónica Berenice nació en Buenos Aires (Argentina), el 16 de enero de 1970, pero sus papás se trasladaron a la isla de San Andrés cuando solo contaba dos años de edad. Al crecer en el seno de una familia de operadores turísticos, trabajó en el negocio desde adolescente. Más tarde estudió administración de agencias de viajes y en el 2015 se afincó en Cali. Madre de tres hijos de un primer matrimonio –de 20, 18 y 16 años–, intentó sacar adelante su propia empresa de turismo, primero con su última pareja y sola cuando se separó.
Hacía más de un año que organizaba los Cannabis Tours, destinados a extranjeros que pasaban por Cali. Jóvenes mochileros de distinta procedencia visitaban por un par de horas los sembradíos en zona rural del norte del Cauca, ya fuese en Corinto o en el adyacente corregimiento de Tacueyó, municipio de Toribío, que quedan a un máximo de dos horas de la capital del Valle.
Les mostraban de cerca el proceso, se tomaban fotos entre las matas y con bultos de moños, fumaban un bareto si se les antojaba y regresaban a Corinto para el almuerzo. Al concluir el tour, volvían a Cali felices de la experiencia. Las redes sociales propagaron las visitas al punto de que había jornadas de doble viaje, semanas en las que Mónica Berenice debió hacer el recorrido seis días y con grupos de hasta veinte extranjeros.
Cuatro días antes de su asesinato, el sábado 19, acompañaba a dos jóvenes israelitas. Cuando se encontraban en algún punto remoto al que se accede desde la carretera principal por la vereda Jagual de Corinto, una partida de la disidencia del sexto frente de las Farc, al mando de alias Mayimbú, los retuvo. “Ella fue una valiente”, afirma una persona que la conoció. “Le pudo su espíritu maternal, porque miraba a esos jovencitos como a sus hijos, y su sentido de la responsabilidad. Pidió que soltaran a los dos muchachos y al chofer de la camioneta. Siempre se preocupaba por sus turistas, decía que primero ellos para todo”.
Esa hipótesis, que comparten diferentes fuentes que he recogido en la zona, establece que suplicó que dejaran partir a sus clientes y al conductor, que ella era el botín que necesitaban. Los secuestradores aceptaron y después se comunicaron con la familia para exigir 300 millones de pesos por su liberación. Cuando descubrieron que no se trataba de un rehén adinerado, capaz de asumir una cifra tan elevada, se sintieron engañados y la asesinaron sin contemplaciones.
Otros nativos, sin descartar lo anterior, aportan datos que señalarían otras razones para segar la vida de una mujer emprendedora y esforzada. Afirman que Mónica Berenice, quien residía sola en un apartamento de Cali, pecó de exceso de confianza y desoyó las voces de alerta sobre la nueva guerrilla que opera en la zona. “En el pueblo le advirtieron que no subiera más, que era peligroso”, asegura un conocido suyo.
“Ella no le hacía mal a nadie, antes nos proporcionaba ingresos a muchos, y de pronto se confió por eso y porque, seguro, nadie en los cultivos le advirtió de manera directa que no subiese más a la parte alta. Figúrese que pagaba por turista 10 o 20 mil pesos y un campesino, que casi siempre tiene cultivos pequeños de marihuana y no gana tanto como la gente cree, sobre todo cuando el precio está caído, podía sacarse 200 mil o más”, indica un comerciante de la región. Llegó a pagar 40.000 pesos por cabeza y regaba el beneficio, puesto que necesitaba cambiar de finca al requerir matas altas, a punto de la recolección, para las fotografías, y es un plantío de ciclo corto. A lo que cabría sumar almuerzos y compras de gaseosas y frutas. “También la propia doña Berenice necesitaba la plata para vivir, como todos. Por eso seguía llevando a sus extranjeros”. Y porque daría por hecho que sus anfitriones contaban con el permiso de la “gente del monte”.
Lo probable, en todo caso, es que la guía turística no estuviera al tanto de lo que se cocinaba en la trastienda de las bandas criminales que están tomando el control del norte del Cauca tras el acuerdo de paz de las Farc.
Tan solo dos días después de su asesinato, en la víspera de los comicios del 27 de mayo, la gente de alias Mayimbú, el nuevo jefe de la disidencia, mandó pintar letreros de ‘Farc-Ep’ y ‘Sexto Frente’ a lo largo de la trocha que del corregimiento de El Palo conduce a Tacueyó. Se trata de una vía en pésimo estado que serpentea la cordillera Central y que el gobierno Santos prometió mejorar. Si el forastero pregunta a los nativos, enseguida recomiendan no aventurarse por esos parajes. “Ellos se mantienen en la vereda Pajarito, sobre la vía, detrás de la bomba de gasolina, y pueden hacer cualquier cosa”, señalan.
























