Estos últimos días son varias las barreras psicológicas que en relación con el coronavirus se han roto: más de 4 millones de infectados en el mundo, en Colombia, ya son más de diez mil los casos confirmados, mientras que en Arauca, la confirmación de dos casos que fueron contabilizados en otros departamentos, ha venido a recordarnos la inminencia de lo inevitable.
Es precisamente sobre esto último que quisiera reflexionar en la presente columna. Pues no dejan de sorprenderme las reacciones que ha generado la situación acaecida en el departamento de Arauca. En redes sociales y diversos medios de comunicación, se ha hecho latente cierto derrotismo frente a la pandemia, un temor casi irracional que ha llevado a buscar culpables en los chivos expiatorios de siempre: los migrantes, los pobres que deben salir a rebuscarse la vida, los gobiernos locales, el Gobierno Nacional, “los corruptos”, y por supuesto el preferido de todos, las empresas petroleras.
Pero no pretendo en estas líneas entrar a determinar si existen o no responsabilidades manifiestas de todos estos actores. Quisiera si, expresar mi opinión acerca del fatalismo con que la situación parece ser interiorizada. Me sorprenden los agitados llamados a un mayor control y a un refuerzo del confinamiento, en un territorio que durante casi 2 meses ha logrado aplazar la llegada de la pandemia. Me intriga de sobremanera, que en los análisis de la situación no se considere el “bono demográfico” con el que cuenta el departamento, que no es otra cosa que la condición de contar con una población relativamente más joven que la media nacional, y que debe considerarse algo positivo en medio de todo, pues los datos confirman que las poblaciones más avejentadas son las más afectadas. Me parece equivocado, debo decirlo, que a ningún nivel se indague por los planes a nivel económico, social y cultural que desde el territorio se van a implementar para retomar la vida después de la cuarentena.
No podemos estar encerrados eternamente! Es un hecho incuestionables que el Coronavirus no desapaecerá ni en el corto ni en el mediano plazo! Estamos frente a una “nueva realidad” en la que debemos aprender a convivir con un nuevo “riesgo” natural. Una nueva realidad, en la que es necesario comprender que la vida debe continuar, a pesar de que la muerte, momento inexorable de la vida, se acelere en muchos casos por culpa del “maldito” virus. Una nueva realidad, en la que todos unidos, debemos hacer frente a la pobreza, el desempleo, el hambre y la corrupción, nuevos problemas viejos, profundizados y desenmascaros por la pandemia.
Para superar la pandemia los araucanos debemos hacer lo que mejor sabemos: sobrevivir! Seguir subsistiendo a pesar de la desidia del Estado, de nuestra evidente incapacidad para cohesionarnos como sociedad y construir una visión conjunta, y de las plagas, que ya sea en forma de atraso, pobreza, violencia o virus, siempre han amenazado nuestra subsistencia. No es momento de esconder la cabeza, lo digo con mucho respeto y precaución, es quizás, el momento adecuado para retomar el orgullo que siempre ha caracterizado a este pueblo libertario: saberse responsable de su propio porvenir.
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