A propósito de las frases célebres en que quieren convertir cualquier expresión respecto de cualquier tema, y de los discursos prosopopéyicos rimbombantes, llenos de contradicciones e imprecisiones, enérgicamente cargados de soberbia con el ceño fruncido como recurso histriónico para simular dominio de los temas, ocurre el desgaste mediático que culminará tristemente en el ridículo, pero peor aún en la pérdida de tiempo en ganar espacios de participación en el contexto nacional. Muy temprano empezaron a cazar peleas bobas, por no llamarlas «pendejas», con ministros y funcionarios. Ni táctica ni estrategia, mucho menos diplomacia, ya que no hay norte. Quieren mostrarse rudos, «arrechos» e imponentes, para terminar seducidos por las bondades de la coalición o las directrices de bancada.
Lo anterior es para denotar una retórica inservible, vacía y egocéntrica en el rol que está cumpliendo este nuevo gobierno en su conjunto, y al que se le suma un Congreso que más ha procurado en ganarse a codazos la figuración en la escena nacional, haciendo vueltas y diligencias clientelistas con el afán desmesurado de demostrar que «algo» se está haciendo.
Este es un llamamiento a los argumentos, a la investigación, al rigor de la academia y al de los expertos que no en vano han invertido años de estudio para concluir lo que hoy torpemente pretenden abanderar Representantes a la Cámara y Senadores. Nada de cifras, nada de estudios, nada de análisis, nada de estadísticas, ni contrastación de escenarios que permitan acercarse a la solución de los problemas del país y del desgastado término «territorio». La invitación es a menos discurso vacío y a que se tomen el tiempo para preparar sus intervenciones y gestiones que pretenden representar los intereses de sus regiones.
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Hay que darle un sentido técnico al papel que se está jugando en este momento coyuntural del país, ya nadie se come el cuento del discurso escueto y fofo de politiqueros primíparos que se niegan a abandonar las prácticas que hoy hipócritamente señalan con el dedo, y que peor aún, se hacen los desentendidos para hablar de corrupción y no llamar por su nombre a los corruptos que han desangrado a Arauca. Pareciera que primero hay que defender los acuerdos que les permitieron escalar, antes que los intereses de comunidades olvidadas y necesitadas, pero eso sí, explotadas electoralmente.
Ni Arauca ni el país necesitan historias fantasiosas y recuentos de episodios del pasado de los que no se aprendió nada. El reto es grande para una generación de políticos aún más jóvenes pero menos comprometidos con el análisis juicioso de la grave crisis que estamos viviendo. Los temas los tocan por moda, o por seguir una tendencia, la de la complacencia con el presidente Petro, para incluso liderar causas que ni entienden como la de la ya desgastada y maltrecha paz. Así como aquí, en lo local, donde prefieren formar grupitos pequeños, excluyentes y sectarios para hablar de un tema como la paz, que incluso sólo han visto afectada en la vida de otros y por televisión en algunos casos, porque no la sienten, porque no la entienden.
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Moisés Wasserman Lerner, bioquímico, ex rector de la Universidad Nacional de Colombia, hace esta reflexión sobre lo que ahora recurrentemente estamos viendo en los actores de la política nacional, incluidos los de las regiones: “Se volvió progresista quien está en contra del avance del conocimiento científico y del desarrollo tecnológico, que son vistos más como amenazas que como soluciones. Se trata de un elitista a quien para creer una afirmación pide que se confronte con los hechos. Predomina la teoría paralizante de que todas las creencias deben ser igualmente respetadas, que nada necesita ser verdadero para ser aceptado, basta con ser creído”.
Se le sugiere a la clase política araucana que se preparen, que estudien, que lean, escriban, piensen en el departamento, promuevan los debates técnicos, rodéense de expertos o por lo menos con conocimientos probados en las materias. No improvisen más con la necesidad del pueblo y con las ansias de poder que no logran esconder.
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